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La pandemia ha exacerbado y popularizado un concepto creado por los militares norteamericanos en los años noventa, después de la guerra fría: VUCA.

El acrónimo “VUCA” es un fiel reflejo de la realidad actual, sobre todo aplicado al entorno empresarial, que hace referencia a los términos en inglés: Volatility-Volatilidad, Uncertainty-Incertidumbre, Complexity-Complejidad y Ambiguity-Ambigüedad. Sin duda, la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad son factores que representan el marco actual en el que operan las empresas.

La pandemia ha servido como catalizador de procesos de transformación en entornos VUCA, donde las estrategias de eficiencia, productividad y adaptación a la nueva normalidad, son cruciales no solo garantizar el éxito empresarial, sino para continuar enfrentando un entorno móvil, incierto y retador.

Pasar de un entorno donde era posible “imaginar, “predecir” o inclusive “anticipar” lo que iba a suceder a un entorno incierto, ambiguo y totalmente impredecible, supone desarrollar nuevas habilidades y competencias. Sin embargo, con la velocidad como se están produciendo estos cambios y de la manera como estamos avanzando en tiempos post pandemia, el término VUCA parece ser insuficiente y, más recientemente se está comenzando a utilizar el acrónimo BANI, también del inglés: Brittle-Frágil, Anxious-Ansioso, Non Linear-No Lineal e Incromprehensible-Incomprensible.

Este término se fue presentado en el año 2018, en el Institute for the Future (IFTF), por Jamais Cascio antropólogo norteamericano, considerado por muchos autores como «uno de los principales futurólogos con una larga carrera contemplando los contornos del mañana.» Sin lugar a duda que el entorno actual ha multiplicado su complejidad e incomprensión…algo parecido al caos.

Más allá de las siglas y los términos, lo interesante aquí es quedarnos con la idea de que estamos inmersos en una época de constantes cambios que no responden a parámetros fijos y donde la incertidumbre es una constante.

Esta situación nos pone en una posición frágil y vulnerable, no solo como individuos y sociedad, sino también a nivel de organizaciones. Es aquí donde cobra importancia el concepto de “adaptación” porque: sobrevivirán aquellos individuos y empresas que sepan ser flexibles y adaptarse de forma ágil a los cambios constantes.

Los líderes de las organizaciones deben ser capaces de integrar sus conocimientos, habilidades, experiencia, actitudes y rasgos personales, además de mostrar una perspectiva positiva, manejar efectivamente el estrés y las complejidades de situaciones fortuitas, responder de manera ingeniosa y constructiva ante los nuevos desafíos, ajustados a las necesidades de sus cargos y los retos que enfrentan. Además, deben ser capaces de construir relaciones abiertas, sinceras y transparentes, basadas en la confianza y la bidireccionalidad, donde se cree un ambiente positivo y constructivo.

La nueva realidad exige desarrollar y fortalecer organizaciones con una mayor capacidad de dar la bienvenida al cambio, lo que implica no solo aceptarlo, sino también capacitar a todos sus miembros, de acuerdo con su cargo y nivel de responsabilidad, en nuevas habilidades y competencias más allá de las técnicas.

Tradicionalmente se han valorado más las denominadas competencias duras o “hard skills”, es decir habilidades de carácter técnico que se adquieren a través de la formación y la experiencia. Estas capacidades conforman la base de nuestro valor como expertos en una materia determinada y, junto a las soft skills o “habilidades blandas”, construyen nuestro perfil profesional. Sin embargo, las competencias blandas o “soft Skills”, es decir, aquellas vinculadas a los valores y las actitudes individuales, cada vez cuentan más en las entrevistas de trabajo y se sitúan, a veces, como el factor diferenciador entre unos candidatos con preparación similar.

Un estudio realizado a finales de 2021 por Zety (antes Uptowork.com), una de las website de asesoramiento profesional con mayor crecimiento en los últimos años, que tenía como objetivo evaluar las habilidades más valoradas por las empresas y donde participaron 200 reclutadores y especialistas en Recursos Humanos, reflejó que el 92% de los reclutadores encuestados valoraban más las habilidades blandas que las duras, en un ambiente laboral incierto, tales como:

  • Competencias personales como la inteligencia emocional para sostener la incertidumbre y poder tomar decisiones aun cuando los datos son ambiguos.
  • Habilidades sociales y relacionales que nos activen la “mirada apreciativa” y el “bien pensar” para construir equipos de trabajo de alto rendimiento.
  • Resiliencia, coraje y creatividad.
  • Tener una mentalidad abierta, con capacidad de “experimentar” para crear nuevos productos o servicios en un futuro desconocido.
  • Capacidad de superar conflictos con humildad e inteligencia emocional, porque los conflictos ya no serán una posibilidad, sino una constante realidad.

Otras investigaciones como la realizada por la Universidad de Harvard, la Fundación Carnegie y el Centro de Investigación de Stanford, afirman que el 85% del éxito laboral proviene de tener habilidades sociales bien desarrolladas, y solo el 15 % de habilidades técnicas y conocimientos.

Es evidente el impacto de las habilidades blandas en el éxito profesional, la efectividad y los resultados, sin embargo, si profundizamos un poco más, encontramos que en su mayoría hacen referencia a las habilidades que nos permiten el conocimiento y relación con los demás y con uno mismo.

Cada día más organizaciones invierten gran parte de su presupuesto en capacitar a sus equipos en temas de Psicología para promover la adaptación positiva de los trabajadores, incrementar la capacidad de resiliencia de los equipos ante las elevadas demandas y prosperar a pesar de las condiciones estresantes. Conlleva mantener a la organización y a los equipos, en una tensión continua entre la conservación de lo que resulta útil y la pérdida de lo que hay que cambiar. A ver y entender las interacciones internas y externas para estructurar caminos más efectivos, que se traduzcan en una administración exitosa.

El nuevo liderazgo exige poner en práctica habilidades como el pensamiento crítico y la capacidad humana para generar sinergias, gestionar en manejo efectivo de equipos, cuyos miembros cooperen, con flexibilidad, a cambiar para seguir adaptándose al entorno. Lo que implica desprenderse de lo que no sirve (desaprender) y acoger los nuevos parámetros, entendiendo su utilidad y su propósito (aprender).

Podemos ver entonces, que existe una gran una oportunidad para las instituciones de educación superior, en ofrecer programas de formación que se ajusten a las necesidades cambiantes, a la complejidad del mercado y a la velocidad del entorno. Instituciones capaces de formar profesionales dinámicos, preparados para afrontar los cambios del futuro y adaptarse efectivamente.

Con todas estas evidencias te invito a que respondas las siguientes preguntas:

1. ¿Comprendes la importancia de desarrollar y fortalecer las habilidades blandas en los miembros de tu organización?
2. ¿Conoces sus niveles de desarrollo en tus equipos de trabajo?
3. ¿Tienes claridad sobre el impacto positivo que tienen las habilidades blandas es una gestión efectiva como directivos?
4. ¿Conoces la importancia que tiene disciplinas como la psicología y la comunicación, para enfrentar los miedos, las creencias, los bloqueos, los patrones de conducta, mejorar los niveles de efectividad de tus trabajadores e impactar positivamente en la generación de valor en la organización?

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